por Ana María Gómez Vélez
Las obras de arte son poliaxiomáticas históricas. Con poliaxiomáticas se indica que tienen muchos significados, diversos modos de interpretación; con históricas, que las interpretaciones frente a las obras de arte cambian con el tiempo.
El arte debería ser mirado y juzgado frente a un criterio estético.
El arte no debe ejemplarizar, no debe dar soluciones, debe poner al frente del espectador la idea, la situación, hacer evidente lo invisible.
La creación artística debe mostrar su independencia y su valor, su capacidad de comunicar, de conmover, de mover, de replantear.
Detrás de una obra artística siempre debería existir una buena argumentación, en especial si hablamos de arte conceptual, puesto que éste, el concepto mismo, es el que prima en la obra.
Aunque la obra debe hablar por sí misma, cuando se vea interrogada debe responder, o sea, quien la crea debería dar pistas, pequeñas luces para su interpretación estética. También deben encargarse los curadores, comisarios y críticos de arte de indicar una suerte de interpretación de la obra de arte.
Básicamente me inclinaría a creer que el arte es una patria sin orillas.
Me gustaría creer que la creación artística no debe tener límites.
Quien crea arte debe ser libre, debe transgredir y traspasar los límites.
Los límites siempre los imponen los que quieren controlar, los que tienen afán de poder, los que quieren dominar. De esta manera se han silenciado, se han acallado voces de artistas que deberían figurar en la historia del arte, pero por el interés de un crítico dado, se relegaron al más completo e injusto silencio.
El público tiene una reacción frente a la creación artística que pasa por sus deseos, por sus sentimientos y por las concepciones de ese momento histórico. Puede elaborar un juicio ético, un juicio estético, un juicio moral y, en buena parte, una mezcla de los tres. En esos juicios está sentada la crítica, la censura o la alabanza a la obra de arte.
Lectura sugerida: Percepción práctica y percepción estética
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