martes, abril 10, 2012

El poema de Grass: Los deberes del escritor, William Ospina


Las guerras actuales no se parecen a las guerras antiguas. El mundo de hoy no se parece al mundo de ayer.

Hace siglo y medio Walt Whitman podía declarar en un poema su asombro ante la infinita capacidad del mundo de recibir desechos y podredumbre y devolver en cambio vida, rosas fragantes, cebollas cristalinas, lavanda y anís. Podía celebrar que, a pesar de la actividad humana, a pesar de los infiernos de la historia, la naturaleza seguía siendo limpia por siempre y siempre, quizás alterada en la superficie pero intocada en sus fuentes profundas.
Algo tremendo ha cambiado. Hoy tenemos el temor de que las fuentes de la vida están siendo alteradas. Estamos manipulando las semillas, estamos degradando los océanos, estamos modificando el equilibrio del planeta; ya no podemos estar tan seguros como Whitman de que todo seguirá igual, de que la vida estará a salvo para siempre.
También las guerras, repito, han cambiado. Antes podían significar la muerte de guerreros de una y otra tribu, de una y otra religión, de una y otra raza, ahora pueden acarrear el daño irreparable del escenario de nuestra existencia, la desaparición de la especie entera. Una guerra salida de madre puede ser el fin de la aventura humana. Sobre todo si se trata de ese tipo de guerra que está suspendida como espada de pesadilla sobre la nuca de la humanidad hace 66 años: la conflagración nuclear.
Es sin duda esa conciencia la que ha movido esta semana a Günter Grass a escribir un poema sobre el peligro de un ataque israelí sólo por la sospecha de que Irán esté desarrollando un arma atómica. No lo mueve sólo ese riesgo sino el hecho de que Alemania, su país, haya entregado a Israel un submarino nuclear capaz de apoyar eficazmente ese ataque. Los alemanes llevan 66 años de silencio sobre la política judía, porque cargan a la vez con un estigma a los ojos del mundo y con una conciencia culpable.
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Qué rico las opiniones son bienvenidas.
Gracias,
Ana María - Penélope